lunes, 6 de julio de 2009

Deseado, pisado

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Mi primer recuerdo de deseo, de genuino deseo, fue el de tener un hermanito. Nada deseaba más en el mundo que compartir mi cuarto, mis padres y mi vida con alguien más. Las velas de las tortas de mis cumpleaños de tres, de cuatro y de cinco son testigos de eso. Fue hermanita al final, su anuncio me provocó una fiebre psicosomática que se extendió hasta empezada la adolescencia y no fue sino hasta los trece años de ella que empecé a prestarle atención.

Luego le llegó el turno al monopatín. ¡Nada podía ser mejor en la vida que tener uno! El Chavo del Ocho tenía uno, pero lo que yo no sabía era que el Chavo vivía en México y que a mi papá le iba a costar más conseguir el exótico rodado que un autógrafo de Chespirito.
Finalmente para un día del niño apareció el monopatín. Plateado y rojo, con cintas de colores en el manubrio. Hermoso. Tres vueltas a la manzana dí. Tres. Para justificar el esfuerzo de mi padre lo desempolvé meses después y dí una vuelta más. El tiempo lo oxidó y una mudanza se lo llevó.

Cuando decidí estudiar piano, mis padres me dijeron que hasta que no estuviera muy segura de mi nueva pasión y no demostrara ser una niña prodigio en ese arte, no iba a tener un piano en mi casa. Un año después rendí con 10 (diez) en el conservatorio mi examen de teoría y solfeo. Leía las notas, tocaba a cuatro manos con mi profesora y me sentía en condiciones de empezar a componer. Cosa que no podía hacer en casa de Amelia porque mi clase duraba una hora, ni un minuto más ni un minuto menos.
Acercándose mi cumpleaños mis padres se miraron y en silencio lo decidieron. No fue un piano. Un flamante órgano lleno de botones de colores estaba presto a ser descubierto por mí y dispuesto a ayudarme a componer las más infantiles melodías. Un mes después dejé de ir a la casa de Amelia y cuando me quise dar cuenta ya no sabía leer las notas.

¡Tenis! Ya era socia del club, tenía una raqueta que servía perfectamente para empezar. Ropa exclusiva no había que comprar, así que mis padres no vieron ningún tipo de peligro en mi nuevo hobby. Me levantaba contenta los sábados para ir a entrenar, los miércoles lo hacía después del colegio y eso no bajaba mi rendimiento. Empecé a competir, gané algunos partidos y como la raqueta ya me estaba quedando chica uno de los profesores que tenía un negocio afín se encargó de aconsejarle sobre mi nuevo regalo de cumpleaños a mi mamá. Grafito, verde metalizada, liviana, grip acolchonado. Hermosa. La miraba y no lo podía creer. Sí, claro, dos torneos más y no volví a pisar una cancha.

“¿Mamá me comprás un perro?” fue la frase más usada de 1993. La que le siguió, pisándole los talones fue “No, ni loca”. Ya había tenido un perro los 8 años. Se llamaba Ashton y era un Colie Dorado. Muy grande y peludo, mucho trabajo para una niña como yo. A Ashton se lo llevaron a una casa donde lo quisieron mucho más y mi mamá juró no volver a pasar por esa experiencia. Pero como fue ella la que me enseñó a no jurar, falló y tres meses después de mi cumpleaños de 15, Tomás, mi flamante Caniche Toy marrón chocolate, no dejaba dormir a nadie esa noche en nuestra casa. Sacarlo a pasear duró un poco más de tres meses. Limpiar sus chanchadas menos de una semana. Bueno, me daba arcadas. ¡Perdón!

Lucas era el chico más lindo del colegio. Dos años mayor que yo y hermano de uno de mis mejores amigos. No podía dejar de mirarlo en los recreos y deseaba con locura que hubiera alguna excursión compartida o un torneo de deportes, aunque no me destacara en ninguno, para poder mirarlo un día entero.
Un año y medio duró mi admiración por él, hasta que en un cumpleaños de quince por fin me besó y no conforme con eso me pidió que sea su novia.
Me acompañaba de la mano hasta mi casa a la salida del colegio casi todas las tardes y en cuanto sacó el registro íbamos a pasear en el auto de su mamá. Fue el primer “hombre” en decirme “te amo” y fue al único al que le contesté “gracias” después de semejante declaración.
A la vuelta de su viaje de egresados, después de recibir una caja de chocolates y un sweater divino, le dije que no iba más. Lloró a moco tendido, literalmente hablando, en el living de la casa de mis padres y me deseó con una mano en el corazón que nunca me pasara algo así. La otra mano no se la vi, pero el tiempo me convenció de que estaba cruzando los dedos.

También rendí el examen más difícil de ingreso de Buenos Aires para entrar a una carrera que no sabía muy bien de que se trataba. Recorrí los pasillos de la UBA sólo por dos meses. ¡Bueno! El formol también me daba asco.
Años después me recibí de maestra jardinera y nunca ejercí.

Convencida de que el problema de mi inconstancia no tenía solución y ante la mirada atónita y temerosa de familiares y amigos decidí que quería formar una familia con un hombre que en la segunda salida me había dicho que no quería tener hijos.
Nani nació cinco años después de esa declaración y aunque la crisis del séptimo año acabó con ese matrimonio mi deseo más grande estaba cumplido.

Hoy puedo decir que el monopatín no era para mí, los perros no me gustan, el piano me encanta escucharlo, el tenis me gusta mirarlo desde la cama, Lucas hacía sonidos raros al hablar, de la maestra jardinera sólo conservo la paciencia y el cuadrillé, mi hermana me supo perdonar, en mi matrimonio no era feliz y mi hijo me enseñó a perdurar.

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6 comentarios:

AURORASTANLEY dijo...

el tiempo me muestra coincidencias de todo tipo,luli; en este relato se me sale el corazón de pensar que aquella profesora de piano AMELIA, sería para cuando aun no nos conociamos, la creación de un recuerdo en comun , sobre la calle Quintana, una puerta celeste,ALLI AMELIA con su piano junto a la ventana, y su cabello blanco y su exigencia dulce...
Tal vez nos cruzamos antes de cruzarnos!

aurora

Luli dijo...

:)

El piano junto a la ventana, cortinas blancas, Amelia saliendo de la cocina, o corrigiendo desde allí. Siempre olor a comida. Siempre atenta.
Dulce exigencia. Exactamente eso.


Tendríamos en esa época que no nos conocíamos 9 años.


Linda coincidencia Aurora.

Mariana dijo...

Ay, cómo me identifiqué!

En mi caso fue un clarinete, la gimnasia deportiva, las clases de teatro, plástica, el CBC de Artes Combinadas, el francés y un nunca estrenado mini-título de Técnico en Sonido.
Mucho se ha escrito acerca del deseo, y aún no logramos descifrarlo.
Lo que es seguro, es que en general no tiene nada que ver con el objeto deseado en sí.

Basta, too much para un lunes lluvioso.

:)

Luli dijo...

Yo también hice gimnasia deportiva. Aún conservo algunas habilidades ;)

Cuando empecé a escribir esto, estaba asustada por mi inconstancia, cuando lo terminé me puso contenta darme cuenta que no es inconstancia sino que no soy conformista.

Puede que me conforme con poco, pero ese es otro tema.

Así que Marianita, a seguir buscando, y deseando.

:)

Soledad dijo...

escribís hermoso !!

Luli dijo...

¡Muchas gracias!

:)